Querido diario: creo que ya soy adulta.

Escrito por el septiembre 1, 2021

Me da miedo cuando las cosas cambian así de rápido. La impermanencia comienza a doler cuando estás forzada a crecer por ella, cuando te arrastra para obligarte a correr en lugar de seguir caminando, cuando de un momento a otro te cambia el paisaje y tienes que reaprender a caminar por él.

Me da miedo cuando las cosas cambian así de rápido. Cuando lo que conocías se esfuma y todo se nubla hasta dejarte en el medio de una tormenta de incertidumbres que no te dejan ver la luz, cuando los recuerdos duelen porque sabes que jamás serán de la misma manera y los momentos del pasado parecen haber quedado atrapados en un limbo de tiempos que no conocías. Y es que ver como tu mundo arde en un sinfín de cambios te desgarra y aunque hayas quedado tirada en medio de lo desconocido, no se detiene. Nada se detiene.

Sabemos que el tiempo avanza y nunca hemos cuestionado el que un día seríamos adultas con responsabilidades e independencia y aunque ese futuro parecía muy lejano, ha llegado sin avisar. Parece ser que de un día a otro las seguridades que teníamos en nuestra vida se acabaron y ahora, se postra ante nosotras un mundo desconocido por el cual debemos de transitar sin saber qué pasará ahí; duele ver como tu entorno se retuerce, frustra saber que tu trabajo está siendo menospreciado por un sistema que jurabas destruir, enoja pensar que debes seguir a pesar de la basura mundial y es ahí donde deseas quemar todo y arder con ello.

Y yo lloro, lloro porque cambiar duele. Porque el confort de las rutinas ya no existe, porque las responsabilidades son cada vez más grandes y no me siento como la adulta que tenía pensado ser; han sido tantos cambios que mi cerebro no logra procesar lo que está pasando y los químicos —de por sí ya desbalanceados— no alcanzan para mantenerme funcionando en el universo que no se detiene.

La ansiedad de un futuro incierto llega cuando quienes parecían ser tus semejantes, comienzan a subir a distintos niveles y ya no existe la reconfortante igualdad de situaciones. Cada quien toma sendas diferentes aunque todas estemos en la misma crisis, ¿qué sigue? Quizás somos nosotras quienes debemos dejarnos arder porque parte de arder es renacer y purificar. Dejarte consumir por el fuego de lo incierto te abre una página blanca donde podrás cimentar cualquier camino imagines; la impermanencia trae consigo nuevos comienzos y puntos de partida donde la única condición es volverte a levantar.

¿Quién es suficientemente joven y valiente para soportar el peso de empezar?

¿Quién será quién quiera que sea el que sea capaz de soportar el peso de lo que vendrá?

Una canción para no decir te quiero. La Maravillosa Orquesta Del Alcohol.

Ahora que estamos en el reino del desempleo y la zozobra, donde ser adulta parece más presión social que decisión propia, ¿podemos tomarnos un momento para vivir el presente? Nos hemos educado para tratar de ver más allá de lo que tenemos, buscando siempre más y viviendo para lo que vendrá pero, ¿qué pasa con lo que tenemos ahora?

Nos duelen los recuerdos porque sabemos que el pasado es lo único que permanece inamovible, porque añoramos regresar, pero es peligroso quedarse a habitar lo que ya no existe, entre tanto caos futurista vivir el momento es la revolución. Sabemos que los tiempos vividos no se pueden recuperar así que es mejor disfrutar cada momento, cada instante, cada segundo, porque aunque pensemos que mañana tendremos un momento igual, no será lo mismo; nada se repite de la misma manera, incluso las emociones son diferentes a cada momento, todo se mantiene girando con nosotras adentro porque nosotras mismas somos movimiento.

Entonces me hago consciente. Consciente de mi respiración, de los dedos que golpean las teclas al escribir, de la catarsis que produce cada palabra, de las lagrimas calientitas que nublan mis ojos y empañan mis lentes. Me hice consciente de que la adultez llegó a mi vida sin pedirla pero aún así hay magia en el abismo de incertidumbre porque sigo viva, sigo respirando el fuego de mi alrededor y mi alma aún se llena con la añoranza de poder cambiar la realidad colectiva.

Somos seres cambiantes y volátiles como un río que nunca se detiene, y estamos hechas de materia igual de cambiante así que aferrarse a lo que tenemos no nos garantiza que durará por siempre.

Caminante, no hay camino

Se hace camino al andar

Al andar, se hace camino

Y al volver la vista atrás

Se ve la senda que nunca

Se ha de volver a pisar.

Cantares. Joan Manuel Serrat.

La impermanencia duele pero es lo que necesitamos para disfrutar los instantes, hacernos conscientes de los detalles nos salva de la ansiedad por el futuro y así, el camino nublado, poco a poco se va aclarando porque empezamos a vivir un paso a la vez. Y es que en realidad nunca tendremos certeza de nada, sólo del presente.

Quizás seamos la generación de adultas que nunca aceptarán que son adultas pero podemos tener los recuerdos más nítidos al saber que estamos viviendo el presente todo el tiempo. Podemos ser quienes se rehúsan a ser adultas y aceptan que todo es momentáneo y eso no está mal, sólo nos convierte en las humanas que nos hemos negado a ser por culpa de las presiones innecesarias; podemos ser quienes convirtamos el presente en la única realidad existente y así quizás no duela tanto convertirse, sin querer, en adulta.

Y las cosas cambian. Y los amigos se van. Y la vida no se detiene para nadie.

Las ventajas de ser invisible. Stephen Chbosky.

RHUTV

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