¿Qué aprendí tras enterarme que tenía una ETS?

Escrito por el enero 19, 2021

Es curioso pensar en todos los sentimientos que vuelcan en uno al enterarse de que vives con una enfermedad de transmisión sexual (ETS) en tu cuerpo y peor aún, quién sabe desde hace cuánto tiempo. Lo que más risa me da hoy es ser consciente de todas las creencias que uno guarda para consigo aún sin ser suyas. 

En octubre del 2020, me enteré que tenía el virus del papiloma humano (vph). Acudía a una revisión rutinaria al ginecólogo y para ser franca era la primera que tenía en la vida, aún con 24 años, era la primera vez que iba a hacerme un Papanicolaou y una mastografía, es de risa, ¿verdad?

Recuerdo casi cada momento, el instante en el que me subí al taxi y llegué al consultorio, todo de color azul con cuadros de bebés recién nacidos y mujeres embarazadas, la calidez de la recepcionista y la rudeza de la enfermera que me pedía desnudarme para pasar al sanitario y ponerme una bata blanca antes de pasar con el ginecólogo. Me temblaban las piernas pero me daba pena admitir que estaba nerviosa por la edad que tengo. 

Todos los procedimientos fueron sencillos, una prueba de embarazo en una hojita de papel sobre la que hay que orinar, un ultrasonido vaginal para verificar que todo esté en orden, la revisión de mamas, todo normal hasta ese momento. Después pasé a un cuarto en donde me recosté, era el momento del Papanicolau, los artefactos que se sentían fríos, la rutina que el médico sabe de pies a cabeza, la tintura con la que tiñen tu cérvix o cuello uterino para determinar que todo es como debe ser, todo ello palpable en los sentidos pero también en una pantalla en la que puedes ver cómo es que tu interior es y piensas “wow, así que esto es lo que me hace ser mujer”, todo a través de mi respiración relativamente tranquila y mis pensamientos diciendo: “Descuida, es solo una vez al año, es por salud”. 

-Tienes una lesión de dos años en tu cérvix, haré una biopsia porque creo saber qué es. 

Pensé: “¿lesión?, pero si todas mis relaciones sexuales han sido consensuadas”. ¿Se imaginan la falta de conocimiento en teoría sexual que tenemos para siquiera pensar en semejante tontería al comentario del médico?

De momento no me asusté, pero sentía mucho ardor, algo que no puedo describir, fue el instante justo en el que tomaron un pedazo de tejido para mandarlo al laboratorio. 

Al salir del consultorio el médico me dice que tengo una lesión por  vph de dos años, menuda sorpresa en mi primer visita a ese tipo de especialista. Lo único que pude sentir fue vergüenza y una profunda incomodidad al saber que un buen porcentaje de mis parejas había sido cercana y seria. Pensaba: “¿por qué a mí?, ¿yo no me merezco esto? Además todas mis parejas han sido estables, ¿de dónde o de quién cargó yo este virus”. 

-Tranquila no es cáncer, no te asustes –decía el médico-.

Solo podía pensar: “cómo no quieres que me espante que si desconozco todo sobre el tema, acabo de terminar una de mis relaciones más largas y no sé desde cuándo tengo esto”. 

-Debes informarle a tu pareja y ambos deben tratarse. De preferencia que venga contigo. 

¿Cómo le explicaba que ya no tenía pareja? Peor aún, ¿cómo le decía a mis ex parejas lo que teníamos?

Llegué a casa con ganas de llorar, con qué cara le decía a mis padres lo que tenía. A duras penas pude decirle a mi mamá y con todo el amor me dijo que de joven padeció lo mismo, que no era culpa de nadie, que es cual tener una gripa. 

Lloré al teléfono con mi mejor amiga, la médica que sigue en formación, la que me animó a considerar la intervención quirúrgica. 

Pase del teléfono a terapia, con un terapeuta sexual, quien me ayudó a deshacerme de toda la carga emocional, de toda la rabia que sentía contra las personas que deje entrar a mi vida sexual. Y para suerte mía desde julio del 2020 estoy formándome como educadora en la sexualidad para evitar que sigan surgiendo este tipo de prejuicios en la sociedad, pero sobre todo en mí, una de mis peores barreras. 

Como pude y con el miedo en la garganta, conseguí hablar con mis últimas dos parejas y otra mujer que estuvo al mismo tiempo con una de ellas. ¡Qué jodido es caer en cuenta de toda la cadena a la que estamos atados por una sola persona! 

Comprendí que aunque mi labor no habría acabado en informar a aquellos con quienes estuve directa e indirectamente, debía dejar que ellos tomaran sus propias decisiones y someterme al tratamiento. 

La operación fue el 11 de diciembre por la mañana, uno de mis mejores amigos me acompañó mientras mi madre me esperaba en el quirófano. Las piernas seguían temblándome, había una enfermera diferente aquella vez, bastante amable. Entró el ginecólogo, quien se encargó de tranquilizarme explicándome el proceso. Es bastante curioso tratar de entender cómo es que su comportamiento se había suavizado ahora que mi mamá me acompañaba, la primera vez que estuve ahí no hizo más que hacerme sentir como una promiscua. En fin, ya estaba recostaba, con las piernas desnudas y preparada para la intervención. Me pusieron un pulsioxímetro en el dedo y una placa electrónica con la que este funcionaba, sentía que no podía respirar, primero la anestesia, luego ese láser que utilizan para quemar la lesión, el aroma a quemado que emanaba de mi cuerpo. El cansancio de la noche anterior en vela por los nervios y esa terapia espiritual que puse en práctica para desechar energéticamente de mi cuerpo aquello que seguía sin perdonar. 

Respiraba hondo y tenía tomada de la mano a mi mamá, la anestesia no había hecho efecto, no quería ver la pantalla en la que se proyectaba cada movimiento del procedimiento. Veinte minutos después todo había terminado.

-Te espero en el consultorio, dijo Raymundo. 

Me vestí, estaba dolorida y abrumada.

-Tienes que tener más cuidado de con quién estás. Tu pareja tiene que ponerse este tratamiento. 

Se trataba de un ungüento que bastaba con ponerse una vez al día en el glande por quince días. Pensé: “¿Es todo lo que tienen que hacer ellos? ¡Qué injusto! Si supieran la pena que una siente, las posibilidades de portar cáncer cervicouterino o el dolor de la operación, jamás pensarían siquiera en la posibilidad de evitar cualquier responsabilidad afectiva. Pero lo que más pena me daba era escuchar al médico que jamás me preguntó cómo me sentía, solo se refería a <<él>> a la pareja que tuve”. 

-Cuídate, no puedo hacerte este procedimiento más de dos veces. 

-Sí doctor, gracias.

Pensaba que lo más deplorable es entender que esa gente tan preparada, con tantos años de experiencia e incluso trayendo vida al mundo pudiera pensar que es culpa de una por “no cerrar las piernas”. 

Regrese al auto con mi amigo y me trajo a casa, hasta ese momento no supe lo afortunada que era por tener tantas posibilidades, desde las económicas para poder solventar ese gasto quirúrgico como las de poder contar con un especialista de la salud mental, pero también las educativas, que aunque han sido escasas, me permiten hoy tener el criterio suficiente para tomar consciencia de la importancia de mi salud sexual. 

Pasando unos días, me llamó el médico que me ha atendido toda la vida para cuestionarme sobre el virus, para reclamarle el porqué de la insuficiencia en la toma de mis decisiones sexuales. 

-Entiendo que me veas como una hija más, pero me duele que siendo médico me llames irresponsable, “loca”. 

-Esa no fue la educación que di y te lo digo porque te quiero. 

Agradecí y colgué, recordé por qué no había decidido contarle a mi padre. Los reclamos no habrían cesado. Me lamenté mucho por aquella ocasión cuando tenía entre 13 y 15 años, en la que se efectuaba una campaña de vacunación precisamente contra el vph. Una necesitaba el permiso de sus padres para poder aplicar a la vacuna y justamente el médico citado en el párrafo anterior había dicho: “no, mi niña no es una loca, no necesita la vacuna”, mis padres no firmaron. Diez años después lo lamenté muchísimo, aunque comprendí que no fue culpa más que de los prejuicios que pueden disolverse con información. 

La vacuna se compone de tres dosis que se aplican en periodos de 90 días cada una, protegen contra algunos serotipos, más no “te curan” si es que eres portador de alguno; las mujeres pueden aplicársela de los 9 a los 45 años, los hombres de los 11 años en adelante, incluso tras haber sido portadores del virus para prevenir futuras infecciones contra un agente distinto al que se tuvo. 

Ahora tengo ganas de ponérmela, pero también de cuidarme mucho más de lo que lo hacía antes, todo desde lo emocional en primer lugar. 

Dicen que uno no experimenta en cabeza ajena y que tampoco comprende hasta que las situaciones simplemente suceden. ¿Me arrepiento de haber estado sexualmente con quiénes he estado? No. ¿Lamento esta experiencia? Tampoco. Creo que me ha enriquecido, que me ha cambiado el panorama, valorar todas las oportunidades que aún tengo. Valorar sobre todo mi salud y sentir más que nunca la importancia que implica en nuestra vida la salud reproductiva y sexual, que es tan importante como la salud del día a día y la emocional.

Lo único que puedo decir es que nunca es tarde para hacernos revisiones periódicas sin importar nuestro género. La única prueba que detecta el vph es la PCR y el Papanicolau, en el caso de las mujeres. 

Seguiré investigando sobre el tema. Mientras tanto, ¡sé bienvenido a este espacio, en el que el prejuicio quedó en el olvido!

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