La Sandunguera estrena su primer álbum de larga duración: Calambre

Escrito por el octubre 21, 2020

Me pongo los audífonos a todo volumen, estoy furiosa, estoy enferma de uno de esos virus silenciosos que uno obtiene por descuido, de fondo escucho “tengo fe en el comienzo pero hoy me estoy muriendo, hijo de puta cómo sos tan despiadado” conectó de tal forma con la canción que pienso que la he escrito en uno de mis sueños más profundos. La ira se ha apoderado de mis pensamientos y los estragos se han hecho presentes en mi abdomen bajo, la somatización claro está del mismo sentimiento. Maldigo el momento, se disipan al finalizar lo que escucho.

Una voz hipnótica, magnética se apodera de mí; encuentro una válvula de escape en ella, en ese acento cuasi-italiano, cuasi-español que resuena: la argentina Nathy Peluso sabe cómo remover las tristezas y empoderar a sus oyentes.

Fue por ahí del 2018 que empezó a hacerse sonar en la radio, poco después de su participación en Bahidorá, destellando en aquel género que empezaba a popularizarse y muchos confundimos con reggaetón o hip hop, el trap. 

Si miran a Natalia es quizá por sus prominentes curvas y bailes exóticos. Si me lo preguntan, me atrae más la sensualidad con la que se desenvuelve en el escenario y aquellos juguetes que promueve con la voz, además de los acertijos hechos palabras. 

La argentina afincada en Madrid, es una personalidad emergente en lo que a la música actual se refiere. Después de tantear estilos, encontró su sitio rodeandose de talentos ya establecidos como los chicos de Guayaba Records o su compañero de batallas, el joven y prometedor productor y vocalista madrileño Odd Liquor. Pero rápidamente se ha destacado por mérito propio.

Nathy canta, baila, rapea; está totalmente exenta de pudor y tiene tablas tanto en el escenario como delante de la cámara, que la hacen una de las apuestas más seguras para encabezar la nueva ola de voces de la escena del trap y los ritmos urbanos en español.

Destacan nombres como Illmind (Kanye West, Ariana Grande, Drake); Fede Vindver (Missy Elliott, Coldplay, Pitbull); Ramón Sánchez (Víctor Manuelle, Andy Montañez, Maelo Ruiz) y Michael B. Nelson, legendario arreglista de Prince.

El álbum abre con sirenas cual persecución policiaca, escuchamos un beat que sabemos será de hip-hop, el ritmo en el que Natalia se desplaza con destreza. Celebré con carácter de imperiosa fortaleza, de victoria “prendí fuego a mi billete con mi libertad”. Como quien pasa por una larga travesía a tientas del sufrimiento, una relación tortuosa y se agarra los cojones diciendo “basta, no merezco más”. La canción celebra el momento de la epifanía de virar hacia nuevos aires. 

“Es el sonido campeón… ladies”, vocifera la argentina como quien clama a su ejército. Llega victoriosa nuevamente con Sana Sana, una rítmica pegajosa con hipnótica voz y  juegos de palabras audaces. Toma la batuta sabiéndose poderosa, con la capacidad de imponer quién toma el control bajo el mando de la seducción. Sana Sana parece tener un trasfondo feminista capitalista en una frase tan sencilla como: “y si el FMI me la toca, si creen que van a comer de mi sopa…”. Esta mujer es audaz, se proclama generadora del cambio.

A Sana Sana le sigue Buenos Aires, cuando recién salió este sencillo, pasaba por una ruptura amorosa, sentía soledad y una mala racha impulsada por el rechazo. Me imaginaba a mí misma sujeta a la barda de un balcón, fumando e imaginando a alguien venirme a buscar. 

Justo cuando la cuarentena estaba en pleno apogeo, las noticias y redes sociales hablaban de la profunda soledad que acomplejaba a un buen porcentaje de nosotros. Buenos Aires es quizá la canción más melancólica del álbum, en la que Natalia se desnuda ante nosotros, haciéndonos reflexionar sobre la pesada sensación tan común como la ausencia y nostalgia que produce el aislamiento para un ser social como lo es el ser humano. Es también la balada R6B que endulza todo el material discográfico. La mujer encara la añoranza de la niñez y sentimiento de vacío de la adultez en apenas cuatro minutos.

“Presa de esta mala decisión, somos un asesinato a la razón”, con este inicio se nos arrastra a la pista de baile en Delito con una melodía sencilla al ritmo del pop. Le sigue Suggar, que nos remite a Christina Aguilera o Beyonce en su etapa más popera de los años 2000. La argentina dota el material con un solo aire fresco al pop latino, fusionando géneros latinos con géneros clásicos. 

Calambre viene cargado de bases del hip-hop al estilo de inicios del siglo, ejemplo claramente demostrado en las consecuentes canciones como Trío y Businesswoman, recordándonos a Missi Elliot y JLO. A estas alturas del siglo ya no es raro encontrar canciones en las que el espectro femenino se plante de frente, si aún es largo el camino, la brecha es más corta que nunca.

Business Woman se destaca como el himno de Natalia, quien ha declarado haber trabajado desde muy temprana edad en entrevistas para medios como Vanity Fair o Noisey. Una etapa que describe con cruda rudeza. Ha descrito también sus largas jornadas como mesera; no es extraño descubrir de dónde vienen versos como: “Hago guita –plata- desde que nací, bien piola –astuta-. Una mujer que ha salido adelante, cuestionando su destino hasta alcanzar su actual carrera musical. 

¿Quién no ha sufrido aquella incertidumbre provocada por el deseo de una llamada de una cita reciente? Dar ese primer paso es siempre aterrador y Natalia lo retrata en esta pieza una vez más muy popera titulada Llámame, una dedicatoria directa a quien se anhela. 

El carácter teatral es un imperativo en el carácter de Peluso, Amor Salvaje nos ofrece aquello que ya conocemos de sus actuaciones, dando la sensación de estar presentes en un drama musical. ¿Quién pasa de hip-hop a reggaetón en menos de un minuto en una ejecución rápida y funcional? Aparentemente solo Natalia. 

Calambre es arriesgado, por ello funciona, es atractivo. Natalia es narcisista, se percibe en cada canción, que no hace más que girar en torno suyo; la admiración que espera hacía sí del mundo exterior es imprescindible cuando hablamos de su música. O se le ama o se le odia, no hay un punto intermedio.

Amor Salvaje es precedida por Arrorró, una canción que como denota su nombre parece una canción de cuna. ¿Quién será Teresa? ¿A quién le cantas arrorró Natalia? Da la sensación de una pieza puramente maternal, un dulce cántico a manera de susurro a un recién nacido o por qué no, a sí misma clamando protección derivada de su soledad.

Es ampliamente conocido por los seguidores de Natalia su amor por la salsa, así que no es de extrañar la aparición de esta pieza, quien se desenvuelve con plena naturalidad en Puro Veneno. Pareciese que la salsa es por defecto un ritmo de fiesta y alegría en la cultura latina, aunque con letras desgarradoras hay que admitir. Un hecho es, Natalia posee una habilidad versátil para incursionar en diversos géneros y es esta pieza la que lo deja claro.

Empecé esta reseña escuchando la última pieza del disco, estaba en aleatorio, Agárrate es la canción más desgarradora del álbum. Las fracturas amorosas no son lo doloroso sino el momento en que se vislumbra la muerte de la relación. “¿Qué hago aquí?” “¿Por qué estoy permitiendo esto?” nos preguntamos. La canción inicia con un tango, un tributo más a las raíces argentinas de la cantante. Escuchamos vocales prolongadas, agonía y es rota por el beat de hip-hop. Pasamos del dolor a la ira, el reclamo. La canción alcanza su clímax con un silencio que nos deja escuchar la voz de Natalia a capela. “Allí está la puerta. Pendejo andate. ¡Ay cómo duele cuando el pecho late!”. Conseguimos tenerlos hechos pasar ante nuestros ojos. Es ella quien marca el ritmo hasta en las relaciones, nada que ahora nos sorprenda. “En mi cocina yo sigo lento”, proclama. 

Agárrate da el cierre a Calambre con una sensación de pesadez, aunque con cierta fortaleza. Natalia posee un carácter fuerte, hace lo que le viene en gana, pero con una fortaleza que pocos tienen, qué es la de empoderar a los otros. Conoce el dolor, hace de él una experiencia fructífera, reconstruyéndose a través de él. Al terminar de escucharle pareciese que uno sale con osadía.

El material va de sorpresa en sorpresa, hay sexualidad, sensualidad, crítica al sistema capitalista, hay feminismo, dolor, melancolía, ruptura personal, agradecimiento y la noción de que la música está pasando por paulatino cambio. Ya no hay forma de encasillarla en un solo género, ya no hay forma de decir que se es blanco o negro, sino que está llena de matices, sobre todo para los nuevos exponentes latinos como esta mujer que seguirá dando de qué hablar.


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