La Rosa Púrpura: las historias presenta…

Escrito por el junio 3, 2020

Sólo conmigo

Y entonces ella abrió la puerta.

En la cama estábamos la rubia frondosa de Cecilia y yo a la mitad de “algo bastante bueno”. Lo recuerdo bien porque estaba buscando imágenes desagradables en mi cabeza para intentar no venirme tan pronto.

Aún está en mi mente la cara de Sofía cuando nos encontró. No había sorpresa, ni siquiera asco en sus ojos, de alguna forma sólo estaba comprobando lo que sospechaba. Te juro que no sé cómo pero ella lo sabía, lo noté por la pistola que sostenía en su mano derecha.

Rápido me “despegué” de Cecilia interrumpiendo un “perrito” digno de enmarcar y me senté sobre la cama manteniendo las piernas extendidas.

-Sofía, sé que esto es lo que parece pero no hagas una locura- le dije.

Cecilia había dejado de gritar de placer y ahora lo hacía de miedo. La pobre estaba como yo, desnuda y aterrada por lo que pudiera pasar.

Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Sofía pero su cara no mostraba expresión alguna. Levantó temblorosamente el brazo con el que sostenía la pistola y sin evaluarlo mucho tiempo, disparó dos veces contra Cecilia, una en el pecho y otra por encima de la ceja izquierda. No sé cómo no me cagué pero me alegro de no haberlo hecho, esas sábanas se veían costosas.

-Lárgate de mi casa, pendejo- me gritó Sofía.

Sin pensarlo, agarré mi ropa y salí del cuarto. Justo antes de cruzar la puerta principal de la casa ya escuchaba los gritos y el llanto de Sofía.

Abrí mi auto y lancé mi ropa al asiento trasero, subí y arranqué rápidamente hacia donde fuera lejos de ahí.

Al día siguiente supe por las noticias lo que había pasado después de que me fui. Sofía se dio un tiro quedando al lado del cuerpo de Cecilia y la policía encontró un calzoncillo de hombre que obviamente era mío. Entonces, aprendí que siempre debes poner atención hacia donde lanzas tu ropa y que nunca debes confiar en tus amigas lesbianas.

Ilustración: Nazul Uribe


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