La pianola del mar, retrato naútico de Abner Sánchez

Escrito por el junio 9, 2020

El mar como universo de naufragios, de hazañas y destinos; como hilo conductor de narrativas plurales en donde flotan los deseos de la humanidad, donde los caminos emergen y se hunden. Allí donde el mar es hogar para la vida, en el misterio de la sal y las mareas, en ese camino vitalista, es donde Ábner Sánchez, cantante, pianista y productor mexicano, ha construido una ruta al trabajar en cruceros como músico, lugar tan hospitalario como siniestro en cuanto a ruta comercial para la industria, en esa Torre de Babel que no toca tierra sino hasta después de prolongadas temporadas y donde las tentaciones más terrenales, báquicas, salen a la superficie para mostrar ese registro humano, diverso y corrompido en medio del show del mundo que es la vida gran turismo, donde lo occidental teje puentes con lo establecido a través de la lengua universal por excelencia, la madre reina: La música, no exenta de tecnolectos que harán vital la supervivencia para cualquier artista que se encuentre a flote.


Lo conocí de manera atípica, en medio de un combate de artes marciales mixtas. Ábner tiene muchas alotropías que vale pena descubrir, no solo ha desarrollado una pulcritud como pianista y ganado premios en la Facultad de Música de la UNAM, es una voz que imprime dignidad con su potencia al cantar; compone, hace arreglos, orquesta,  hace sentir y vibrar la caracola del oído. Lo mismo toca una pieza del neoclásico con prístina soltura, que los más insólitos sonidos para hacernos recordar al mismísimo Xenaquis. Esa noche cuando nos conocimos lo vi combatir; había escuchado ya de su música las más gentiles referencias y al mirarlo en esa danzarina y rítmica coreografía marcial, la experiencia vital aniquiló toda enunciación posible a pesar de haber caído en la batalla ante su rival.

Un tiempo más tarde nos contactamos, la mutua admiración nos llevó a escribir canciones juntos sobre Cherán, sobre los afectos y sobre las promesas incumplidas. Nos unió esta insólita ola de la historia que hundió a más de una de las luminarias que apagaron su luz, de aquellos faroles que se extinguieron en el remolino.

El panorama para subsistir se volvió también una epidemia que menguó tantos planes y que dejó clara con toda su ingravidez las consecuencias de tan malas administraciones en nuestras finanzas por no evaluar la posibilidad de un imprevisto de esta magnitud; atrás quedaron esos días de festivales pagados y excentricidades juveniles.  Aún con la crisis encima pudimos ver la concreción de nuestro discurso: pudimos trabajar. 

Simultáneamente, él añoraba despertar en Grecia o en Irlanda tocando para una tripulación que demandaba esa fiesta casi perpetua o encontrarse caminando por Petra junto a la amada esposa que el mar le regaló; yo por mi cuenta recordaba con mucha nostalgia tomar las calles de la ciudad en medio de la noche abrazando a los amigos, perdiéndome en una playa nudista con mi novia, entre affters hippies erupeos, lenguas  vivas del istmo que con donosura acompañaron mi primaveral sonata para ofrendar lo mejor de sí en cuanto a gastronomía refiere con pescadillas y tlayudas; recordé también aquellas imágenes, tocando para las tertulias de las intelectuales argenmex que me invitaron  a  percibir el origen del mito y el rito entre coreógrafas, poetas, piscoanalistas y traductoras. De muchas maneras Ábner y yo somos pares, de muchos dolores, de múltiples antídotos e imaginarias soluciones. 

Durante su formación en La Facultad de Música fue una pianista quien marcó definitivamente su pulso, un delfín que lo llevó hasta la arena para prepararse profesionalmente para las artes marciales mixtas; ese mismo emotival lo llevaría a buscarse un camino distinto, disociado al mundo académico pero con los aprendizajes para no ahogarse después, un empuje superficial, orfidal contra el dolor del alma.
Hay en él una necesidad de volver al hogar, ese terruño que reconforta, de dejar el paso peregrino: la concreción de una familia como una búsqueda constante de sí mismo. Quizá por eso se casó estando en el barco con la pianista con la que viviría en Ammán tocando para una cadena de hoteles, abandonado súbitamente por la agencia de representación y también por ese amor prescriptivamente normativo y conyugal del que legalmente sigue siendo parte, ya sin esposa, pero con una profunda gratitud por la experiencia vivida. 

Tiene como premisa no detenerse en el tedio de lo rutinario pese a que la repetición le ha dado esa elegancia para interpretar. Ha acompañado en su camino a diferentes artistas mediáticos, es un relicario de anécdotas y confesiones, pero quise retratar más al compañero que encontré en la búsqueda de decir lo pertinente, al músico que como instrumento del ritual hace sonar la clave para avivar a la audiencia, a la voz cantante que incendia con su llamarada. Dentro de él habita la esperanza de no tener más ancla que la de la raíz misma de su origen, estirpe de músicos que resignifican la tendencia, que instauran dirección y sentido. 

A inicios de julio partirá a Chicago para acompañar a uno de los circos más destacados del mundo, solo deseo que su camino siga siendo una ruta de autodescubrimiento, consolidación y congruencia consigo mismo.


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