Epidemias ¿un mal necesario?

Escrito por el marzo 16, 2020

¿Qué somos más? Seres de falta o seres de costumbre.

Damos la vida por sentado, por eso le tememos a la incertidumbre, creemos que tenemos el poder de que todo siga el mismo curso que ha tenido por un tiempo definido. Levantarnos a la misma hora, tomar el mismo bus para partir a nuestras actividades, ver nuestro cepillo dental en el mismo lugar y escuchar la misma música cada día.

¿Qué ocurre cuando se presenta algo que rompe con las certezas de nuestra vida “práctica”? Y no me refiero a cambiar solo un aspecto de nuestra vida, como de escuela, de empleo o de hogar, sino, ¿qué sucede cuando un hecho tan contundente e inevitable como una epidemia desestabiliza nuestra cotidianidad?


Existen pocas cosas sobre la faz de la tierra que aterren más a los seres humanos que una epidemia. Desde la antigüedad, estas han causado pánico, el hombre primitivo lo entendía como un castigo divino del que la divinidad en cuestión descargaba toda su furia. Etimológicamente la palabra proviene del griego epi (enfermedad sobre) y demos (pueblo). Esta se ataca a un gran número de personas y animales en un lugar y tiempo determinado de manera esporádica.

Lo primero que debemos entender es que no pueden tratarse de manera rápida -cosa que parece extraña en una época como la nuestra, en la que la paciencia parece una virtud que pocos pueden desarrollar- incluso con los expertos y los avances tecnológicos en cuanto a salubridad se refiere. En este sentido, cuando se sabe de una epidemia, la respuesta siempre desata la urgencia, los medios de comunicación construyen una histeria colectiva que no hace más que romper nuestro centro, nuestra calma.

Si bien la rapidez es una reacción fundamental para detener la propagación de la enfermedad o evitar mutaciones, lo es también la paciencia de la población. Cualquier situación que implique tratar con una bacteria o virus implica gestión y tiempo.

En alguna conversación una amiga médica, me decía que las bacterias pueden tratarse porque son entes vivos, mas los virus no, a lo mucho lo único que se puede hacer es observar cómo es que actúan en un cuerpo humano, si estos tuvieran cura, hoy cuestiones como el VIH no seguirían siendo un problema de salud tan grave para la sociedad.

Es en este sentido es en el que los límites que definen la vida del ser humano se reconfiguran, se redefinen.

Ante cualquier alerta de epidemias o pandemias, las características que distinguen lo sano de lo patológico, lo humano de lo animal, lo político, lo económico de lo social, lo local de lo global presentan cambios importantes, ya que, todo lo anterior influye en la concepción que tenemos sobre nosotros con todo lo que nos rodea, con todo lo que nos atañe.

En relación a las distinciones políticas/económicas no nos es extraño pensar que en el caso de descubrirse una forma de prevención o una cura ¿quiénes tendrían un encuentro más cercano con ellas? ¿A quiénes llegarían primero? La respuesta se deduce sola.

Otro de los hechos que más nos alarman y que, ya estamos viendo, es el de lo local a lo global. Antes del brote de una epidemia las fronteras no son claras, una vez registrada estas podrían tomar medidas como el aislamiento ante el contagio; pero en un momento como el nuevo milenio las comunicaciones globales, los viajes internacionales, el gran flujo en aeropuertos o estaciones marítimas, el aislamiento se vuelve muy complicado.

Cada que situaciones así se suscitan, nos ponemos a reflexionar el papel que la medicina y la salud tienen en nuestras vidas. Estamos acostumbrados a asumir que tenemos la vida comprada hasta que la salud nos falta y las oportunidades comienzan a verse nulas. Cabe mencionar que, aunque corresponden al momento histórico que vivimos, las epidemias no son algo nuevo para humanidad. Entre otros autores, Michel Focault examinó el efecto que tuvo la peste en la Europa del s. XVIII en términos políticos y sociales. En aras de la prevención y contención de la enfermedad, la autoridad política encontró la forma de registrar, clasificar y llevar el control de una población con alta precisión. Me parece relevante citarlo en Vigilar y castigar:


Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo, en el que los menores movimientos se hallan controlados, en el que todos los acontecimientos están registrados, en el que un trabajo ininterrumpido de escritura une el centro y la periferia, en el que el poder se ejerce por entero, de acuerdo con una figura jerárquica continua, en el que cada individuo está constantemente localizado, examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos —todo esto constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario. A la peste responde el orden; tiene por función desenredar todas las confusiones: la de la enfermedad que se trasmite cuando los cuerpos se mezclan; la del mal que se multiplica cuando el miedo y la muerte borran los interdictos. Prescribe a cada cual su lugar, a cada cual su cuerpo, a cada cual su enfermedad y su muerte, a cada cual su bien, por el efecto de un poder omnipresente y omnisciente que se subdivide él mismo de manera regular e ininterrumpida hasta la determinación final del individuo, de lo que lo caracteriza, de lo que le pertenece, de lo que le ocurre. Contra la peste que es mezcla, la disciplina hace valer su poder que es análisis.


Desde esta perspectiva, la epidemia se convierte también en un instrumento para conocer las formas que posee el poder en turno, en general el temor a la enfermedad como a la muerte hace a las poblaciones enteras someterse casi sin oposición a las opciones que nos den las autoridades. El poder político se beneficia de ello y por lo tanto el poder médico, el de instituciones educativas y de propaganda.


Como señala el sociólogo y psicólogo francés, la epidemia cuando en sí misma parece irracional o fruto del azar mismo, una vez que es racionalizada por el ser humano, se convierte en una posibilidad no sólo de análisis o conocimiento, sino de control.

No importa la época, la sensibilidad que existe frente a las enfermedades es siempre alta, cualquier alerta de salud infunde el miedo, reflexión e incremento en las medidas del cuidado de nuestra salud. Como sociedad solo nos queda esperar indicaciones, seguir protocolos de seguridad y ser responsables.

Sin afán de alarmar o crear un ambiente de pánico, es importante darnos cuenta de que cuando se habla de una pandemia no se habla con exclusividad de salud pública. Así que, centremos los debates en cómo detener un virus, cómo evitar que se propague y cómo cuidarnos como población.


RHUTV

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