CAPÍTULO 1: LA ROSA PÚRPURA

Escrito por el enero 23, 2020

Por Gabriel Chargoy

|12 de Julio del 2025|

Esa noche había recibido una llamada de Roberto, uno de mis compañeros de trabajo, si es que así se le puede llamar. Al parecer había surgido algo y debíamos reunirnos en el Rumba’s Club para recibir órdenes. 

Salí para allá lo más rápido que pude, llegué a la puerta principal del club evitando la enorme fila de pendejos que esperaban entrar. Como siempre, cuidando el acceso estaba Néstor. 

-¿Qué hay, Néstor? Roberto me llamó, al parecer el jefe quiere vernos.

-¿Qué pedo, Adrian? Sí, nos avisó. Sólo ha llegado Roberto, ya está en la sala VIP, les avisaré a los de dentro que llegaste para que puedas entrar sin bronca.

El lugar estaba a reventar. Existen muchísimas razones para entrar al Rumba’s Club pero generalmente la gente lo hace para llenarse de litros y litros de alcohol adulterado, mientras perrean junto a decenas de desconocidos que pretenden escapar de la idea de que hay algo mal en sus vidas. Para mí, la razón de entrar a este tugurio es simple, trabajo. 

Llegué hasta la sala VIP y dentro estaba Roberto sentado en uno de los sillones.

– Hola, Adrían. Siéntate si quieres, Javier no debe tardar en llegar, él fue quien me llamó primero.

-¿Te dijo cuál era la emergencia?

-No, me dijo exactamente lo que te dije pero por su voz, creo que no nos esperan buenas noticias.

Roberto no sólo era parte del equipo, él era como un hermano menor para mí. Ha sido el cabrón más clavado que he conocido en mi vida, siempre leyendo cosas de ciencia y literatura como si fuera un maldito ratón de biblioteca. Con las mujeres no era tan bueno, le era muy difícil acercase a una e imagino que se debía a la gran mancha roja que cubría gran parte de su barbilla y el labio inferior, una vez nos explicó que era una marca de nacimiento o alguna mierda así pero puedo decir que era el más brillante de nosotros.

Estábamos entonces ahí esperando y después de unos minutos, se abrió la puerta de la sala y por ella entraba Javier, el más pinche loco de todos los putos locos que existen en este planeta. Un tipo alto con un cuerpo atlético salido de un anuncio de calzones y un rostro lo suficientemente simétrico como para volver loca a cualquier mujer.    

-Paulo me llamó hace un par de horas, recibió noticias del exterior- dijo Javier mientras nos miraba fijamente a los ojos.

Paulo Calavieras era nuestro jefe, la verdadera cabeza y representante de nuestra organización. La palabra y las órdenes eran suyas, nosotros sólo nos limitábamos a resolver y apretar el gatillo. Para nosotros era como un padre, gracias a él teníamos casa y comida, además de inmunidad contra la policía de La Rosa Púrpura, lugar del que más adelante te platicaré.

-Debemos localizar a un objetivo- continuó Javier.

-¿De quién se trata?- pregunté a Javier quien sostenía su mirada sobre mí.

-Su nombre es Eduardo Márquez pero, según nuestros contactos, entró a La Rosa Púrpura con una identificación falsa bajo el nombre de Vicente Córdoba. El tipo debe bastante dinero a cabrones pesados del exterior- explicó Javier mientras sostenía en su mano izquierda una fotografía del objetivo. 

-¿Qué se supone que debemos hacer cuando lo localicemos?- preguntó Roberto mirando la fotografía.

-Capturarlo y traerlo acá para esperar una segunda llamada. Hasta ahora es la única información que tenemos así que los escucho-concluyó Javier.

-Bien, si el tipo decidió entrar a La Rosa Púrpura fue para intentar ocultarse pero no logro adivinar cuál sería su siguiente paso y no creo que sea lo suficientemente estúpido como para ocultarse aquí por siempre, hasta puedo asegurar que ya imagina que lo buscamos- comenté intentando dar mi mejor opinión.

  -Ok, eso no ayuda un carajo. Roberto, saca a ese puto Shakespeare de tu cabeza y dame un plan.

-¿Shakespeare?… Bueno, no creo que realmente quiera ocultarse. Si lo que quieres es huir de gente poderosa no vienes a un lugar como La Rosa Púrpura, sería un suicidio sabiendo que tu cabeza tiene precio. Él está de paso y vino por algo realmente importante.

Creo que ya te había platicado que Roberto era un tipo listo pero bueno, te contaré qué es o, más bien, qué era La Rosa Púrpura.

Debido al incremento de la criminalidad en todo México, algunos corporativos millonarios decidieron crear “ciudades blindadas” en las que vivían sus familiares y sus principales trabajadores. Si eras externo debías identificarte y comprobar tu motivo para entrar a dichas ciudades. Esto se consiguió tras un acuerdo llamado “Ciudad Segura” en el que la mitad de la Ciudad de México y la tercera parte del territorio de Nuevo León fueron cedidos a la empresa jabonera “La Rosa Púrpura” y a la unión de varias empresas de pan conocida como “Alianza de Panaderías Mexicanas”.

 Creo que con esto ya sabrás de donde viene el nombre pero aún no por qué se convirtió en un imperio del crimen, eso te lo platicaré después, mientras volveré a lo que sucedió aquél día.

Primero decidimos separarnos para comenzar a rastrearlo: Javier fue a los hoteles, Roberto con los taxistas y yo a los hospitales. Esta parte siempre era la más lenta pero por suerte quien nos conocía sabía que debía decir todo lo que supiera sin esperar un pago a cambio.

Sólo existían dos hospitales en nuestro territorio, el de urgencias generales y el de especialidades: el primero se dedicaba a atender casos de gravedad, era barato y el más utilizado. Decidí visitar ese primero en caso de que el objetivo estuviera herido.

Crucé la entrada principal y desde ahí comenzaba el concierto de llantos, quejidos y gritos de dolor. Ya cerca de la recepción se veían todas las personas esperando a ser atendidas: heridos de bala, quemados, personas sufriendo paros cardiacos y otras tantas en las que no quise perder mi tiempo mirando.

En la recepción estaba una mujer delgada no mayor de 30 años con el cabello marrón recogido del frente por una diadema color negro. Cuando me vio acercarme, noté el nerviosismo y la intención de retirarse del mueble circular que representaba la recepción. Ella sabía quién era.   

-Hola, ¿tienen algún paciente registrado como Vicente Córdoba?- le pregunté firmemente pero sin ser hostil.

Aspiro rápidamente, dio medio parpadeo y comenzó a buscar en una computadora.

-¿S-sabes cuando pudo venir?- me preguntó nerviosa.

-Durante el día de hoy.

-No, hoy no. Hay otros pacientes con ese nombre pero el último fue de hace un año- me contesto un poco menos nerviosa.

-Las personas que están en espera ¿ya están registradas?- le pregunté mirando cómo se mordía los labios.

-No.

Me di la vuelta dando la cara a las personas de la sala.

-¿Está aquí Vicente Córdoba?- dije en voz alta mientras sacaba de mi chamarra una copia de la fotografía del sujeto- Es este hombre. Si alguien lo conoce o lo ve, dígale que queremos protegerlo y ayudarle en lo que sea que necesite.

Todos me miraban en silencio sin decir nada. Está bien, mentí pero de otra forma no tenía posibilidades de que alguien dijera algo. Me sentí como un estúpido y guardé la fotografía de nuevo en el bolsillo interno de mi chamarra.

Salí de la sala rumbo a la puerta del hospital y ya estando afuera decidí sacar un cigarro para despejar un poco mi mente pero mis sentidos se vieron interrumpidos por el sonido de pies arrastrándose sobre el suelo. Escupí el cigarro y desenfundé mi colt cobra de un solo movimiento y en seguida giré media vuelta hasta extender mi brazo derecho frente a mí. ¿El responsable? Un hombre con el rostro pálido que sostenía en sus brazos a un niño no mayor de 5 años.

-¡Él es familiar de Vicente Córdoba, señor!- dijo con lágrimas en los ojos- Lléveselo y ayúdelo, se lo suplico.

Miré la cara del niño que parecía dormido. Tenía la nariz y la frente del hombre que lo sostenía. Entendí entonces la intención, así que guardé mi arma, me di la vuelta y caminé hacia mi auto. Sólo hasta que subí y encendí el motor dejé de escuchar las súplicas de aquel hombre.

De camino hacia el Hospital de Especialidades, mi celular comenzó a sonar, era Roberto así que contesté.

Un taxista había reconocido al objetivo, no como pasajero sino porque casi lo atropella. El taxista le contó que tenía la luz verde pero alguien atravesó la calle corriendo sin fijarse, tuvo que frenar de golpe y ahí fue donde vio su rostro, además describe que llevaba una bolsa de QM, una tienda de conveniencia única en La Rosa Púrpura.   

Así decidimos encontrarnos en la tienda para conseguir más información. Por suerte aún era de noche y teníamos tiempo para hacer más preguntas.

Cuando llegué, Roberto y Javier ya estaban dentro de la tienda, el dependiente detrás del mostrador señalaba unos anaqueles. Me acerqué para escuchar lo que decía.

-Es la única persona que viene cada tercer día a comprar dos paquetes de cigarros y caramelos de limón, nadie compra ya de esos así que no es difícil olvidar su cara- contaba el hombre ya con la cabeza repleta de canas.

-¿Tiene alguna idea de a dónde va después de venir aquí?- preguntó Roberto mientras escribía en un pedazo de papel.

-No pero esta maña vino y compró varias botellas de agua y como una docena de barras de granola, se veía muy nervioso, como si alguien lo estuviera persiguiendo- decía el viejo mientras nos miraba con una sonrisa burlona.

Salimos de la tienda y nos dirigimos hacia la calle en la que el taxista dijo que vio al objetivo, la atravesamos y de inmediato nos encontramos frente a un edificio de departamentos. ¿Cuál sería el correcto? ¿Sería ese el lugar o tal vez vivía más adelante? Lo que hubiera sido no lo supimos porque el teléfono de Javier nos detuvo.

-Muy bien, yo le digo- asentaba Javier mientras ponía su odiosa mirada sobre mí.

-¿Qué pasó?- le preguntó Roberto.

-Pasó que acaba de avisar un contacto del Hospital de Especialidades que hay un Eduardo Márquez en los registros de pago de ayer y concuerda con la descripción. ¿No se suponía que irías ahí también, pendejo?- me cuestionó mostrándome los dientes.

-Carajo, pensé sería más importante venir aquí. No me culpes por querer ahorrar tiempo, imbécil. Además dijeron que había entrado aquí con el nombre de Vicente Córdoba- le contesté.

Nos mirábamos frente a frente como un par de perros que se preparan para morderse el cuello pero la voz de Roberto fue como una pelota rebotando a nuestro lado.

-Mierda, tengo una idea pero no estoy completamente seguro.

Ambos lo miramos en espera de que nos contara.

-¿Y si el tipo no estaba entrando sino saliendo?

-¿Qué?- preguntamos Javier y yo casi al unísono.

-Sí, Eduardo Márquez no es su verdadero nombre. Él no estaba entrando como extraño a La Rosa Púrpura, él es de La Rosa Púrpura.

-¿Y para qué haría eso?- le pregunté ignorando ya por completo a Javier.

-Para confundirnos. Necesitaba ganar tiempo y supongo que sabe que los policías de aquí no son muy listos, así que decidió hacer una falsificación de su propia identificación. Sólo tuvo que mentir sobre su identidad en el exterior y listo.

-¡Hijo de perra! Vamos al hospital entonces- dijo Javier bastante enojado.

Nos fuimos rápidamente en mi auto. Ya estaba amaneciendo, sólo habíamos perdido tiempo y aún debíamos regresar al Rumba’s. 

Mientras nos aproximábamos  al hospital, veíamos como la zona cambiaba. Parques verdes, edificios de oficinas y casas de apariencia elegante, era la zona más rica de La Rosa Púrpura pero eso no significaba que fueran mejores personas que nosotros.

Llegamos y decidimos entrar con cautela para evitar que el objetivo nos reconociera. En esa zona la policía obedece otras órdenes, no es nuestro territorio así que no podíamos entrar pidiendo respuestas pero no fue necesario.

-Miren, ahí- dijo Roberto en voz baja señalando la espalda de un hombre sentado en la sala de espera.

Nos acercamos tranquilamente. Javier puso su mano sobre hombro del sujeto. Era él, el objetivo.

-Mejor guarda tu ficha, la necesitarás después de todo lo que te haremos- le dijo Javier en voz baja.

El hombre permaneció sentado con los codos recargados en sus piernas, los dedos de sus manos entrelazados y con la mirada hacia el suelo.

-Ya no existe el anillo, ahora será el nuevo corazón de mi hija- dijo el hombre sonriendo con lágrimas en los ojos.

Javier, Roberto y yo nos miramos preguntándonos de qué anillo hablaba, nunca se nos dijo sobre un anillo o algo similar pero sí nos quedó bien claro cuál fue su razón de regresar a La Rosa Púrpura.

Consciente de su destino, decidió acompañarnos fuera del hospital. Subió al auto y arrancamos en dirección al Rumba’s. 

Todo el camino hubo silencio. Nosotros no podíamos preguntar detalles pero lo extraño era que él tampoco preguntaba nada. Moraba su rostro desde el espejo retrovisor y su rostro me recordaba al hombre con el niño del hospital de urgencias. ¿Cómo puede alguien abandonar su vida para salvar la de otro?

Eran ya las 8 de la mañana y llegamos al Rumba’s. Supongo que ya sabes que los centros nocturnos se llaman así porque sólo abren de noche. Entramos por la puerta de emergencia y nos dirigimos al sótano, un espacio bastante amplio y poco iluminado que olía a humedad y a fluidos secos de días anteriores. Bajo una luz estaba una silla de madera gruesa desgastada similar a una silla eléctrica, con correas pero sin toda esa mierda sofisticada para pasar corriente.

De la obscuridad se escuchó algo intimidantemente conocido, el sonido de botines con suela y tacón de cuero golpeando el suelo a cada paso. Poco a poco la luz que iluminaba la silla iba revelando no sólo los brillantes botines negros, también mostraba un pantalón negro de casimir hecho a la medida perfectamente planchado, unas manos blancas y limpias con dedos afilados que contrastaban al final de un par de brazos delgados que se unían a un torso también delgado cubierto por un suéter negro de lana bien entallado seguido de un rostro blanco y afilado con nariz prominente y respingada que sostenía un par de anteojos circulares de armazón delgado y cabello lacio y obscuro recogido por una liga mostrando una mediana y brillante cola de caballo. Paulo “el bastardo más bastardo” Calavieras.

-Buenas noches señor Córdova. Parece que ha sido un día largo para ambos- dijo Paulo tranquilamente.

-Ya le dije a sus perros que no tengo el anillo- replicó el hombre.

-Oh, claro. Hace unos minutos recibí una llamada y me explicaron eso. Es un honor tener a un verdadero artista en el sótano de mi club. Aunque temo que eso representa un problema para mí- explicaba Paulo mientras se colocaba detrás de la silla de madera.

El hombre comenzó a llorar y verdaderamente se notaba como el miedo se apoderaba de él, algo completamente normal en situaciones así, siempre saben cuando ya no hay vuelta atrás.

-Muchachos, hagan sentir cómodo al señor Córdova mientras soluciono nuestro pequeño problema.

Paulo se fue caminando tranquilamente hasta la escalera del sótano para después desaparecer. Nosotros pusimos a Córdova sobre la silla, atamos sus pies y manos al cuerpo de la silla, él no paraba de llorar.

-Lo hice por ella, regresé a este puto nido de porquería sólo por ella y no estoy arrepentido de nada jajaja. Mariana, lo logré, papi te salvó- fueron sus últimas palabras antes de que Javier le disparara dos veces seguidas en la cabeza.

Roberto se había apartado de la escena para contestar una llamada, Javier disfrutaba el momento y yo sólo quería ir a descansar.

-¿Qué carajos haces ahí Roberto? Aún tenemos que deshacernos de este cabrón- le reclamó Javier.

Sosteniendo entre sus manos un rosario y murmurando, Roberto ignoraba a Javier. Así que nos acercamos a él.

-¿Ahora qué pasó?- le pregunté un tanto preocupado.

-Noticias del hospital, la niña no resistió la trasplante. Ahora podrán hacerse compañía.

-Puto católico ridículo- respondió Javier con molestia.  

Vicente Córdoba era un joyero que poseía un gran talento para el diseño. Su esposa murió al dar a luz a su única hija así que él tuvo que cuidarla solo. Con el tiempo, la niña comenzó a tener problemas en su corazón y la joyería de Vicente quebró así que tuvo que buscar una forma de ganar el dinero suficiente para mantener a su hija con vida. Así es como aceptó el trabajo que un joven millonario del exterior le encomendó. Un anillo con una incrustación de un raro mineral que sólo se produce en África, trabajo que sólo podía hacer un artista como Vicente. 

El arreglo era que el cliente le conseguiría los materiales y él se lo entregaría una vez terminado, todo esto fuera de La Rosa Púrpura. Vicente hizo el trabajo pero sabiendo que valía más que su paga, planeó huir con el anillo, venderlo entre sus conocidos, regresar por su hija y pagar por el trasplante para después escapar del país.

Una verdadera lástima de historia pero así era la vida en la maldita Rosa Púrpura.    

CONTINUARÁ…


RHUTV

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