Anónimo era una mujer.

Escrito por el febrero 8, 2021

Los hombres se han encargado de protagonizar la historia de la humanidad borrando a quienes no consideraban dignas para pertenecer a ella, pero la escritura significa resistencia y las mujeres siempre hemos estado en guerra, resistiendo y creando.

El mundo de la literatura es amplio, en él, las realidades se mezclan para crear una nueva y la clave para concebir un mundo nuevo entre las letras es la imaginación; mediante la imaginación se crean universos alternos que se enriquecen con nuestra realidad material y es así como mediante a la adopción de letras solitarias se crean frases que se unen entre sí para volver maravillosa nuestra cotidianidad.

Si bien es cierto que el campo literario es muy amplio y que es posible que nunca podamos conocer cada rincón de él, también es un hecho que los nombres que más abundan dentro de este mundo son los masculinos; los hombres se han llevado el protagonismo de las letras debido a que han sido considerados el estándar de la humanidad, el pedestal en el que se han subido los pone como el modelo de la inteligencia y la creatividad lo que ha provocado un repudio hacia las mujeres escritoras y su capacidad para crear una obra maestra. Para la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer, como lo declaró Virginia Woolf quién su nombre tiene el privilegio de resaltar entre autores.

Históricamente las mujeres han quedado relegadas a un lugar secundario en la sociedad, se impuso un rol de género en donde la vida familiar y las labores domésticas eran su única tarea ya que se llegó a afirmar que la mujer era incapaz de valerse por sí misma, por su naturaleza peligrosa y su inteligencia inferior. Es así como en la literatura se condenaban los actos “inmorales” mientras se encargaba de borrar los nombres de las mujeres de la historia literaria.

Escondidas detrás de anónimos y nombres masculinos, las escritoras quedaron en la oscuridad ya que mientras los hombres eran considerados genios por crear literatura, pinturas o fotografías, las mujeres que se atrevían a mostrar su talento sin ocultar su nombre eran comidas por una sociedad machista que les colgaba el letrero de desequilibradas y locas. Esta brecha se materializó con los premios otorgados a través del tiempo: el premio literario internacional más conocido es sin duda el Nobel de Literatura, desde su creación en 1901 hasta 2017 ha premiado a 14 mujeres frente a 100 hombres; por otra parte, el reconocimiento más importante en lengua castellana, el Premio Cervantes, tan sólo ha galardonado a cuatro mujeres frente a 38 hombres desde que se instauró en 1976.

Además de estos datos numéricos, existen historias de hombres que han tomado el crédito de ciertas obras al poner su nombre como el creador de la misma, un ejemplo de ello es Zelda Sayer quien siendo esposa de F. Scott Fitzgerald vivió bajo su sombra y en un matrimonio tortuoso. Debido a las normas de su época, la mujer libre e independiente que era Zelda fue catalogada como flapper: aquellas mujeres que, con el pelo corto, vestidos sobre las rodillas y un cigarrillo en la mano, manejaban, bebían alcohol y bailaban con la misma libertad que los hombres de su edad, buscando su propia felicidad y deleite.

Scott Fitzgerald se encontraba escribiendo su primera novela cuando conoció a Zelda, supuestamente quedó maravillado con la personalidad de esta mujer y modificó a su personaje femenino para que se pareciera a ella, quienes lo supieron pensaron que ese fue un gran acto de amor, pero en realidad fue el principio de la cosificación que ejercería sobre la vida, experiencias y persona de Zelda, así como el uso de sus obras, robando sus escritos y borrando su nombre para adjudicarse cada una de las letras.

Bailarina, pintora y escritora, Zelda se obsesionó con serlo todo, pero principalmente buscó siempre ser su propia musa y aunque vivió a la sombra de su esposo, luchó hasta conseguir su propio libro.

En 1930 fue diagnosticada con esquizofrenia e internada en un sanatorio lo que le dio la oportunidad de escribir su primer libro sin ser molestada por su esposo; en sólo seis semanas escribió Resérvame el vals, libro con el cual, después de esforzarse mucho más que Fitzgerald, pudo demostrar su talento. En aquel libro logró un ambiente cálido, creando diálogos únicos basados en lo vivido dentro de su matrimonio, pero la calma terminó cuando su esposo quien la acusó de haber usado material biográfico que él tenía reservado para su propio libro; “el gran escritor” no se detuvo hasta que el libro de su esposa fue editado y modificado a su conveniencia. Zelda, acostumbrada a ser silenciada, lo permitió.

El amor romántico terminó por eliminar de la memoria colectiva a esta autora, así como apagar poco a poco su libertad; su vida pública estuvo llena de glamour y en los años veinte la pareja se convirtió en el ícono de un matrimonio exitoso, pero fuera de la vida pública, su relación estaba lleno de celos, violencia y desprecio que agotaron también la cordura de la mujer.

Lo que Zelda vivió dentro de su matrimonio no es un caso aislado, si bien es cierto que lo romántico es político ya que la manera de amar se construye alrededor de la ideología del momento, también es cierto que hay ideas que se han mantenido arraigadas por años, un ejemplo de ello sería el papel de la mujer dentro de la sociedad –como se ha mencionado anteriormente–.

En la actualidad el patriarcado y el capitalismo son los sistemas que llevan décadas enseñándonos como amar; el capitalismo nos refuerza la idea de la propiedad privada y dentro de las relaciones se ve reflejado claramente con el matrimonio, los celos y el sentido de que el ser humano que está a tu lado te pertenece, por otra parte, el patriarcado mantiene mitos que disfrazan actos machistas y los convierte en actos de amor, el pensar que se deben soportar infidelidades o cualquier “obstáculo” para estar con alguien por siempre (cuando esos obstáculos son agresiones disfrazadas), acciones como controlar la forma de vestir o actuar de las mujeres cuando están dentro de una relación son ejemplos cotidianos de esta violencia sistemática.

La cultura se ha encargado de reproducir y normalizar estas acciones violentas: cientos de canciones, películas, series y tradiciones refuerzan estos comportamientos diariamente, durante la vida entera por lo que es casi imposible reconocer las agresiones. Cuando un niño molesta a una niña y a ella le dicen que lo hace porque le gusta se normaliza una agresión y es así como las mujeres crecen pensando que, al ignorarlas las están amando; por otra parte, a los hombres se les enseña a no demostrar interés para que ellas vayan detrás, y eso es maltrato. Los chicos así aprenden desde pequeños que cuanto más maltrates a una mujer, más la vas a tener en tu poder, es un ejemplo de cómo nos enseñan desde pequeños a tratarnos mal y hacer sufrir a quien nos gusta.

El amor romántico, tal y como lo conocemos es violento y otro de los factores que ha influido en continuar con esta violencia oculta es la religión, los católicos y cristianos han basado sus creencias en el sufrimiento: dicen que para conseguir el amor es necesario sufrir por ello y soportar todo lo que venga y son las mujeres quienes son bombardeadas con este supuesto amor, hay que aguantar, sacrificar y renunciar a todo lo que son para así complacer al hombre y ser admirada por la sociedad.

El amor romántico mata, el pensar que la salvación y solución a todos los problemas es el amor, hace que el aferrarse a una persona y depender de ella sea sinónimo de amor. En México, anualmente se contabilizan 33 mil homicidios violentos y según cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), diariamente 9 mujeres son asesinadas y muchas otras son privadas de sus libertades, celadas, amenazadas y golpeadas, todo esto en nombre del amor que los hombres dicen tenerles.

Las violencias disfrazadas de amor están especialmente arraigadas en la cultura mexicana ya que el machismo ha empapado a las ancestras mientras las hacía pequeñas e insignificantes; Elena Garro, una escritora irreverente que revolucionó la literatura mexicana tradicional quedó a la sombra de Octavio Paz quien llorándole le pedía dejar de escribir para no opacar sus “brillantes” ensayos, lágrimas de chantaje la amenazaron pasivamente por años, tuvo que ceder ante ellas y  empequeñecerse para encajar en su matrimonio.

Las múltiples facetas de esta increíble mujer se vieron truncadas cuando se casó con Octavio Paz ya que él obstaculizó todos los proyectos que ella buscaba comenzar, la obligó a dejar sus estudios universitarios, su trabajo en el Teatro Universitario de la UNAM, así como a olvidar sus pasiones. Durante veinte años se vio estancada entre las rutinas caseras y la maternidad, quedó detrás de Paz y mientras la carrera de él despegaba y se llevaba el reconocimiento, ella era quien sostenía su vida de casados. Qué romántico, dejar su esencia de lado para ver a su marido llegar al reconocimiento público; la violencia normalizada y aplaudida que ha borrado el nombre de esta mujer durante muchos años.

El machismo y la misoginia desacreditaron las obras y logros de Elena Garro, por ser una escritora poco convencional y crítica del status quo se le calificó como una mujer difícil de tratar, desequilibrada y polémica y gracias al pacto patriarcal con el que los hombres pueden lograr lo que se propongan se reemplazó su nombre por el de alguien más cuando se habló del realismo mágico; para todos es casi una regla mencionar que Gabriel García Márquez fue quien inventó el realismo mágico cuando Cien años de soledad apareció en 1967 pero la verdad es que Elena fue la precursora de este género literario cuando en 1963 escribió Los recuerdos del porvenir, novela en donde la cosmovisión mágica y ancestral mexicana se unen para crear una realidad llena de fantasía y cosas sobrenaturales.

En el libro de Elena, las dudas, los abusos, las humillaciones y la violencia a las mujeres que puntualmente se señala en este mítico pueblo, son los mismos padecimientos de hoy día, así como la fuerza, la astucia y hasta la sororidad. Además de la nostalgia del paraíso perdido, de sus mujeres, de ese tiempo que podemos ver cómo se detiene y cómo continúa su paso, las palabras juegan un papel importante.

De nuevo, el sistema patriarcal borró el nombre de una mujer por no cumplir con los estándares aceptados. Elena vivió toda su vida caminando en sentido contrario; vivió y escribió en contra de Octavio Paz mientras era catalogada como loca y traicionera por criticar, con honestidad, todo lo que un mexicano consideraba decente.

Parece lejano pensar que las mujeres son invisibilizadas en la literatura, se han encargado de decir que antes había sólo hombres que escribían y triunfaban y parece nuevo que las mujeres escriban, pero la realidad es que el machismo sistemático se encargó de borrar los nombres de aquellas quienes tuvieron que luchar más para publicar sus textos. Las mujeres siempre han estado presentes en las distintas vertientes de la literatura, han dejado sus almas en cada escrito y se han convertido en un estandarte para las futuras escritoras.

Es ahora, cuando las voces de aquellas que habían sido silenciadas comienzan a resurgir y a sonar más fuerte que nunca para no callar nunca más.

Escribid, mujeres, escribid, que durante siglos se nos fue negado.

Virginia Woolf. Una habitación propia, 1929.


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