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OBSERVATORIO SOCIAL. La aceptación de nuestros errores.

OBSERVATORIO SOCIAL. La aceptación de nuestros errores.

Fernando Domínguez Morán

 

En nuestra naturaleza humana, intrínseca subsiste la posibilidad de equivocarnos y esto no es difícil de aceptar y comprender, pues se trata de algo tan simple que a todos ocurre y en ese sentido, generalmente pasamos por alto los errores cometidos en el diario actuar, precisamente bajo esa premisa: “nadie es perfecto”.

 

Sin embargo, reconocido que es el derecho a errar, paradójicamente existe en contradicción (quizá como antítesis), ese  otro derecho: el de no aceptar que nos equivocamos.

 

Este “derecho” a no reconocer que cometimos una falta, suele transformarse de tal manera que muta de un error propio, pasando por circunstancias ajenas que nos condujeron a la equivocación, hasta llegar a culpar a otro por lo ocurrido, de tal manera que al final de todo, resulta que no tenemos culpa alguna, por el contrario, somos la víctima de alguien o algo más.

 

Para explicar esta paradoja, expongo un ejemplo tan común que hasta pasa desapercibido: Un automovilista que circula en su vehículo, habiendo observado el cambio de luz en un semáforo que pasa de amarilla a roja, intenta cruzar la calle acelerando la marcha y asumiendo que en la vialidad perpendicular ningún conductor, aun cuando tiene la luz verde que le permite proseguir, ha emprendido la marcha.

 

Lo irracional se presenta cuando en la hipótesis planteada, sí existió por lo menos un conductor, que habiendo luz verde frente a él reinició inmediatamente la marcha, ocasionando con ello tremenda maniobra evasiva por parte de quien se pasó el alto, lo que provoca en éste una reacción mecánica que transita del susto a lo irascible y que concluye con una catarsis en la que el único responsable es quien apresuró la marcha cuando ya tenía el derecho de hacerlo.

 

En un mundo ideal, lo correcto habría sido respetar la luz amarilla para detener la marcha frente a una roja. Sin embargo, atendiendo la naturaleza humana en lo que a cometer errores se trata, lo único que debería quedar como saldo es reconocer que se cometió una imprudencia derivada de una decisión tomada, ofrecer una disculpa, y reflexionar si acaso un poco, en que se pusieron en riesgo al menos dos personas, lo que sin duda alguna, serviría como experiencia para intentar no volver a equivocarse, más allá de la anécdota de vida.

 

Pero hoy resulta que esto último también forma parte de una utopía, pues reconocer que quien cometió la imprudencia fue precisamente el que se pasó la luz roja, es tan difícil para este conductor que de inmediato reaccionará culpando al otro automovilista que tuvo la osadía de no aguardar un breve lapso adicional  para dejar pasar al otro que venía “con velocidad”. Eso sí que fue un atrevimiento mayúsculo que amerita reclamar enérgicamente: “Si estás viendo que estoy pasando, ¿por qué te cruzas la calle?”.

 

Regresando al punto de reflexión, más allá de lo ideal o utópico, si cometemos errores, justo es que primero los reconozcamos, después nos disculpemos, posteriormente reflexionemos de las consecuencias de ello, y finalmente asumamos la experiencia recibida para tener el firme propósito de no volvernos a equivocar.

 

Así las cosas, no se trata de desmitificar la naturaleza humana del error, pero tampoco utilizar esta condición para justificar cada falta cometida, sino de reconocer que no tuvimos la precaución, la pericia, la responsabilidad, el cuidado, la atención, la debida reflexión o que simplemente actuamos por impulso sin pensar en las consecuencias, porque “nos ganó la emoción”.

 

Como este ejemplo, podrían citarse cientos de ellos que nos ocurren día con día y que sin embargo, pasan desapercibidos porque no solemos darnos unos minutos para reflexionar de algo que pareciera que mecánicamente realizamos sin mirarlo.

 

El quid de todo esto reside en el riesgo en que nos colocamos y que además ponemos a otros, pues es evidente que mientras no reconozcamos nuestras deficiencias, no podremos avanzar en nuestro desarrollo y propia seguridad, considerando que la gran mayoría de las cosas que nos suceden, son porque las propiciamos o las toleramos sin aceptar que los únicos responsables y al mismo tiempo víctimas de ello, somos nosotros mismos.

 

Así, en materia de seguridad pública, en un momento dado “facilitamos” al delincuente la comisión del ilícito cuando no guardamos las debidas precauciones, sin aceptar que también en muchos de los casos les proporcionamos las condiciones para ello. Recuérdese el viejo adagio: “la ocasión hace al ladrón”.

 

En una sociedad con tanta delincuencia, lo peor que podemos hacer es: primero, exponernos injustificadamente a ser víctima de ésta; segundo: no reconocer que cometimos errores, y tercero: culpar a otros o al mismo sistema, permitiendo con ello la posibilidad de su repetición.

 

Así pues, reconocer nuestras deficiencias requiere de un ejercicio de auto reflexión que no todos estamos dispuestos a asumir, muy a pesar que no hacerlo, conlleva un costo por demás elevado.

admin

enero 17th, 2018

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