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El abuso en el empleo del automóvil.

El abuso en el empleo del automóvil.

Fernando Domínguez Morán

El caos vial, es uno de los tantos problemas a los que diariamente se enfrenta la población de ciudades tan conglomeradas como la nuestra: la Ciudad de México. Sin embargo, a pesar de este fenómeno que se presenta todos los días, se presagia una sola cosa: que seguirá aumentando paulatinamente, a menos que hagamos algo al respecto para por lo menos, disminuir su ritmo de crecimiento.

Conocemos que de entre los efectos nocivos del tránsito intenso, se encuentra el hecho de que perdemos muchas horas de nuestra vida viajando ya sea en vehículo particular o en transporte público, por lo que regularmente no tenemos un debido descanso; nos estresamos porque queremos llegar pronto a nuestros destinos, pero el caos vial nos lo impide; gastamos más dinero en combustible mientras el vehículo se encuentra en movimiento lento y consecuentemente, contribuimos al calentamiento ambiental por tener más tiempo encendido el motor.

Así las cosas, este escenario a pesar de ser terrible, es paradójicamente agravado por nosotros mismos, con un hecho más que evidente: el auto particular sólo lleva un único tripulante: el que lo conduce.

Pero,  ¿qué problema tiene ello? – Después de todo, somos libres de conducir un vehículo en el que no llevemos compañía- . Justamente, este es el quid. El hecho de no compartir un auto deja entrever que a pesar del problema del congestionamiento vial y afectación ambiental, no somos capaces de organizarnos como sociedad para enfrentar y minimizar la problemática que nos aqueja a la ciudadanía en su conjunto.

Cuando se incrementaron los índices de contaminación, una de las medidas que las autoridades emprendieron fue el de sacar de circulación un día de la semana a vehículos con cierta antigüedad para disminuir dichos signos. Sin embargo, hay que reconocer que sólo ante una situación grave y a través de la vía coercitiva, respondimos a esa decisión extrema, que no obstante ello, ha servido sólo como un paliativo ante el imparable avance del fenómeno de afectación al medio ambiente.

Con el elevado incremento de los costos de la gasolina a principios de este año, se pensó también que con ello se inhibiría relativamente el uso de los vehículos automotores y ello propiciaría a su vez, mejoras en los índices de contaminación, liberaría más el tránsito vehicular y permitiría un cierto ahorro en los gastos de transportación del ciudadano al hacer mayor uso de los transportes de servicio público masivo. El efecto no duró mucho tiempo y hoy parece que ya ni nos acordamos de esas medidas adoptadas.

Una solución práctica requiere de nuestra capacidad de organizarnos para transportarnos de una manera más eficiente, cómoda, segura y por otra parte, menos onerosa. Esto es, compartiendo el vehículo con los compañeros de trabajo o de escuela que vivan por el rumbo a donde nos dirigimos, o que se puedan beneficiar de la ruta que tomemos para que donde desciendan, puedan ocupar el transporte público que finalmente los conduzca a su destino.

La decisión de compartir el automóvil trae diferentes beneficios, tanto directos como indirectos, que van desde repartir el pago de la gasolina, distribuir la responsabilidad de manejar el vehículo (una semana se ocupa el auto de un compañero, la siguiente el de otro, y así sucesivamente), disminuir el desgaste del coche por el uso, la seguridad personal que implica manejar acompañado, la disminución del parque vehicular en las calles y por ende, del congestionamiento vial, el apoyo operativo que brinda el copiloto al conductor, el aumento de responsabilidad en la puntualidad colectiva, el fortalecimiento de los lazos de amistad y desde luego, con esta opción se apoya en la cruzada por disminuir los efectos nocivos al medio ambiente.

Esta alternativa aunque parece muy sencilla, conveniente y razonable, resulta ser altamente difícil en su adopción, pues se habrá de enfrentar a nuestros demonios del egoísmo, la desconfianza, la envidia y cualquier otro prejuicio que no nos permite avanzar para conformarnos como un grupo social, que igualmente padece los problemas propios de la actualidad, pero al mismo tiempo ofrece y emprende soluciones a los mismos, o por lo menos, mitiga sus efectos.

Se insiste en que si los problemas los provocamos nosotros mismos, también nosotros mismos podemos darles solución, sólo hay que hacer un llamado a  nuestra capacidad de conformación y organización como grupo social consciente, solidario, sensible, pero sobre todo, participativo. Muestra de ello, ya se ha dado y de una forma tan grandiosa, que queda en la historia como evidencia inalterable.

No esperemos otro sismo para desarrollar esa capacidad de cohesión. Con pequeñas muestras de organización social, podemos uno a uno ir solucionando desde los más simples, hasta los más complejos problemas que enfrenta nuestra sociedad.

Así las cosas, la decisión nos corresponde a todos.

admin

diciembre 6th, 2017

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